Negro: Prólogo

1.

El viento, un suspiro frío, se filtró por el cuerpo de la casa. Semejante a ese aliento que dulcemente se derrama por entre mis glúteos, a través de mis muslos; un riachuelo fresco que enjuaga mis senos y enciende mi ardor. Así lo recuerdo ahora más allá de la cama, semidesnuda y frente a la ventana que me transmite el esplendor oscuro de la tarde lluviosa.

En un segundo, su recuerdo condujo la punta de mis dedos hasta los labios enrojecidos, antes de caer sobre mi pecho. ¿Qué sentía? ¿Acaso una minúscula gota de saliva o de esa lluvia que se traslada desde el exterior? Sí, es la lluvia, agujas frías y húmedas que de alguna forma traducen el ocaso de mi cuerpo.

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Siento como si una presencia ominosa buscara mi intimidad resguardada por el liguero. Íncubo, ¿acaso no sabes que sólo necesitas que abra un poco mi compás? Nada más me cubre, ni mis tatuajes que se hunden en lo profundo de mi carne. Para ti sólo son un calado de lineas estrechas pero indelebles y por eso me inclino para olfatearte a través de la ventana.

¿Duermes? Sí, aún duermes ahí, pero puedo olerte. Hondo, aspiro hondo el aire frío que exudan los vidrios de la ventana, sosteniéndome de su delicado bisel. Semejantes son a tu pecho y a tu pantalón sobre el que me extiendo, doblo mi espalda y mis pezones se alzan junto con mis nalgas hambrientas de que las toques; de que te hundas en su interior.

¿No lo sientes? Hay un débil gemido y un sentido: “A qué hora llegarás”, me pregunto al instante de abrir los ojos al techo y sentir cómo mis tacones disponen ese compás que deseas. Mi espalda tatuada con ese viejo demonio, te mirará al llegar y yo, de alguna manera, veré tu sonrisa perversa.

Tírame del cabello, hazme gritar como lo haces. Serpiente, lléname con tu veneno que pronto se derramará de mi propia boca. Anhelo tu tortura y ese dolor que terminará por consumirme en una lluvia de otoño.

Al final, sólo las cenizas de mi recuerdo permanecerán sobre la cama, al amparo de la ventana y de tu daga nocturna e incógnita. ¿Luego de cuánto tiempo abriré los ojos? Ya sólo sé que será que no será el sol lo que vea, sino la oscuridad de tus ojos.

2.

Ego dei domini nostri Satanas, Luciferi eccelsi. Satanas sum tibi. Hic corpus devorabuntur. Carne, caro mea est. Anima flamma. Vox tua voluntas mea fiet. Deus qua ratione detester ex libidine mea clamat.

El murmullo parecía ajustar el corsé, derramándose por entre los sujetadores lo mismo que por entre el negro cabello hasta mi cintura. Las botas sometieron entonces los propios deseos silenciosos que sin embargo brotaron a través de los muslos y su calado, de los glúteos, incapaces de resistirse al encaje de la ropa interior.

¡Satanás! He aquí mi cuerpo. Tuya es mi carne. Mi alma es tu fuego. Mi voz es tu placer. Que mis gritos de lujuria desafíen a ese Dios en tu nombre. Yo soy el instrumento para hacer arder las campos del Señor.

Una vez más, frente a la ventana, se extendía la calle lluviosa y semi oscura. “¿Cómo sería la misa?”, se preguntó en ese momento la mujer.

Pocos sabían que la alabanza se encuentra en la carne y menos aún que su velo contiene unas mieles de locura.

Quiero liberarte a través de su sangre y no entregarme, sino entregártelos. Quiero llevarlos a lo profundo de mi cuerpo para que te alimentes, para hacerte brotar de su semen, de sus ansias, de sus placeres.

De profundis maris stella…, Satanas

Justo al amparo del relámpago y la opresión de la lluvia, la mujer pudo verlo con su paraguas en mitad de la calle.

“Te devoraré lento, ese será mi propio goce”.

3.

La tormenta cedió su lugar a las brazas de fuego que ardían en el interior de la estancia coronada la chimenea y la efigie del macho cabrío en su cenit.

–No es demasiado tarde para ti, ¿cierto?

En respuesta, la sonrisa cumplió su verdadero propósito provocándole una mirada huidiza.

–De ninguna manera.

–Comencemos entonces –el sujeto extrajo la grabadora del bolsillo izquierdo de su gabardina, pero una diestra enfundada en largos guantes de látex lo detuvo al instante–.

–Shhh, no estoy aquí para hablar, sino para mostrarte.

El hombre dudó.

–Pero…, yo sólo pedí una entrevista.

–Y la tienes, pero te advertí que yo pido algo a cambio.

–Pensé que te referías al dinero.

La mujer se sonrió encantada por aquella gentil inocencia.

–Por favor, eso es lo que menos necesito. No, mi amor, voy a revelarte mis artes a lo largo de tres noches consecutivas, pero eso no es gratis y el precio es alto te lo advierto. Pero bueno, por ahora no te preocupes, hoy será nuestra introducción y si no deseas continuar, pues simplemente no regreses mañana.

–Okey, está bien.

–Perfecto.

–¿Entonces no puedo grabarte?

–No

–Y cómo podré registrar lo que platicamos, o sólo desde mañana…,

La mujer lo interrumpió, señalándole la repisa de la chimenea donde de manera casi imperceptible se encontraba una cámara digital negra. La luz roja intermitente le indicó al hombre que estaba encendida.

–¿Y será suficiente para escuchar?

–Estamos a un costado y bastante cerca de las flamas, pero no lo sé. Tal vez debas esforzarte un poco más en escuchar. Lo que sea, sólo te la daré al final de la tercera noche.

–Okey –reaccionó el hombre y luego de guardar su grabadora, extrajo del bolsillo interno de la gabardina un block de notas y una pluma–. Bien, con qué quieres comenzar.

–Tú eres mi invitado, elige a tu placer.

–Ok, entonces, háblame de ti. Dime cómo es que ingresaste al satanismo.

La mujer se sonrió nuevamente.

–No, mi amor, yo no ingresé al satanismo. El satanismo en mi, lo que sea que entiendas con ese nombre y no se cuándo exactamente. Sólo puedo decirte que desde niña siempre me atrajeron los paisajes oscuros, las cosas lóbregas y el sexo.

–¿El sexo también? ¿Desde temprana edad?

–Muy temprana, tal vez a los diez o doce años comencé a sentir esa deliciosa punzada entre mis piernas. Luego, en los baños de la escuela, pude explorar el infierno con una compañera.

–¿Compañera? ¿Eres lesbiana?

–Odio las etiquetas así que deja de usarlas conmigo, por ahora digamos que comprendo que las personas las necesitan. Las etiquetas ofrecen a la gente cierta certeza o mejor dicho, la ilusión de una certeza. Si alguien es satanista, creen saber lo que pueden esperar y lo mismo si se trata de un católico o un judío. La realidad sin embargo es más complicada y en realidad nunca sabemos qué esperar. Las etiquetas responden a una simple y pasajera necesidad.

–¿Pasajera?

–Sí, pues unas veces somos una cosa y otras veces otra, y esa cruda verdad tarde o temprano termina por manifestarse. Incluso las etiquetas cambian con la edad y no obstante su valor es tan evidente que seguimos diciendo que somos los mismos de antes aunque sea una flagrante mentira.

–Entonces, si entiendo bien, ¿el satanismo tampoco te define?

–Es correcto.

–Y entonces por qué usar esa etiqueta.

–Es mi trampa.

–¿Una trampa?

–Sí, les doy lo que quieren escuchar.

–¿Y todo esto que hay en tu casa? Cómo definirlo.

–Diverso y deliciosamente perverso, cosas que ocultan más de lo que muestran a simple vista, lo mismo que yo. ¿Entiendes? Podría desnudarme aquí mismo, dejarme coger por ti y hacerte creer que me posees, pero en realidad nunca me tendrías. Podríamos conversar durante años, podrías hacerme cientos de entrevista y jamás alcanzar a conocerme. La verdad es que nunca poseemos a nadie, nunca conocemos a nadie en realidad, ese es nuestro deseo y ese deseo es profundamente destructor e instantáneamente creador.

–No sé si entiendo bien lo que quieres decir.

–¿Quieres que te muestre?

El hombre asintió y la mujer se sonrió. Lentamente se puso de pie para desabrocharse y dejar caer su gabardina de piel negra, entregándole al hombre una vista amplia de sus exquisitos y exuberantes muslos, glúteos y senos, acentuados por unas botas negras, un ligero y un corsé del mismo color. Luego de unos segundos, la mujer dejó caer su cabello sobre el pecho y se sentó cruzando las piernas.

–Sigo sin entender –pronunció el hombre, inquieto por el cuerpo de la mujer–.

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–¿Sientes algo?

–Por supuesto.

–¿Quieres algo? –el hombre enmudeció–. Tus ideas y tus instintos tienen un conflicto, el eterno conflicto. Te lo diré simple: hay algo encadenado en la oscuridad de tu carne y eso, querido, es lo que yo libero.

El hombre asintió, se reclinó en el respaldo de su asiento y desvió su mirada hacia la chimenea.

–No lo había pensado de esa manera.

–Piénsalo y te darás cuenta de que una parte importante de nuestras ideas tienden a regular nuestro comportamiento. Desde luego, no se trata de vivir del instinto, sino de hacerlo exquisitamente humano. Tal vez pueda explicarme a lo largo de las horas o de las noches, pero digamos que la habitualidad puede hacerte sentir ahora que esto no está bien; o tal vez estás pensando en tu esposa e hijos; o quizá tienes miedo de contraer alguna enfermedad o de que algo malo te pase.

–Algo así, en efecto.

–No lo sé, tal vez creas en el amor, la más consagrada las etiquetas, en fin, cualquier cosa. Todos esos títulos son encadenas y esas cadenas conjugan lo que llamamos “cordura”. Bueno, yo soy la emperatriz de la locura y un hermoso ángel caído. Si lo quieres, yo soy el ángel de fuego, el ángel de la luz.

–¿Luzbel?

–Luzbel, el portador, el liberador de las mieles eternas…, el liberador de Satán; una animalidad exquisitamente humana.

–Waw

La mujer se sonrió divertida.

–¿Es todo? ¡¿Eso es todo lo que tienes para decir?!

El hombre aspiró hondo para luego responder: –Tu lo has dicho, me siento atado en este momento.

–¿Y te gustaría liberarte?

El hombre aspiró hondo, desvió la mirada hacia el fuego, pero su rostro ensombreció.

–¿Eso es lo que quieres en realidad?

La mujer rió con una sonoridad seductora.

–No, no te lo juro, me es irrelevante. Eso es lo que tú quieres, pero descuida, no voy a liberarte. Esto sólo es una entrevista y sólo cumplo mi promesa. Dije que iba a mostrarte mis artes negras.

El hombre se sonrió y asintió con un acentuado sarcasmo en el rostro.

–¿Y esta es la introducción?

–Tres noches mi amor y si decides llegar hasta el final, te mostraré las puertas del infierno.

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