Confesiones

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Recientemente me preguntaron sobre lo que escribía y si todo era ficción, pero la respuesta es que no. En realidad escribo sobre mis vivencias, algunas recientes y tan frescas que aún puede respirarse un tenue perfume en mi habitación; otras más antiguas y vueltas a sentir como si acabaran de ocurrir. Sólo algunas pocas son fantasías y aún éstas, toman de las dos anteriores, repensándolas e imaginándome cómo me gustaría que volvieran a ocurrir.

Sólo en casos extraordinarios, alguna persona o alguna fotografía me sugiere una escena fantástica. La más de las veces se trata de fragmentos dispersos que alcanzan mis sentidos; puedan ser unas piernas con medias caladas (no puedo resistirme a ellas); el vaivén de una falda o un vestido de buen talle; a veces simplemente el ambiente que me rodea, como en día lluvioso y seductor. Cualquiera que sea el caso, me transporto de inmediato a un erotismo inmanente que me revitaliza.

Soy un ente sumamente erótico que necesita de una constante actividad sexual y ritual. Recuerdo que cuando terminaba el doctorado, pasé un buen tiempo en lecturas y redacciones académicas que me alejaron de mi naturaleza –dicho en sentido amplio–, y la consecuencia fue que transcurrieron casi dos años sin que pudiera escribir nada. Me sentía vacío y aún el sexo me resultaba una actividad imposible, pues lo disfruto de tal forma que no puedo simplemente copular.

Todo es como lo he escrito, ese cuerpo es mi templo y me gusta recorrerlo en detalle, sentirlo vivo y participar de su vida a través de su placer. Sin estar ese contacto soy como una planta marchita. Asimismo cada lector que se siente atraído por mis escritos, me provee de vida. En realidad tengo pocos lectores y aún menos seguidores, pero cada uno de ellos exhala vitalidad, incluso, en una simple palabra que me dirige. Ellos también me hacen vivir y alimentan mi vitalidad.

Por ende, todas mis letras son francas y poco trabajadas, son lo más directo posible y transportan mis emociones y vivencias más personales. Como he dicho, no podía ser de otra manera. Escribir es un acto erótico para mi y sería imposible sin una vida igualmente erótica y ritual. Recuerdo aún esos dos años de sequía y el modo en que me sentía muerto; había dejado de ser un organismo para convertirme en una máquina funcional. Por eso pienso que esta sociedad es tan estúpidamente vacía. Las personas se vuelven máquinas carentes de rituales y hechicería; aún las más hermosas mujeres son muñecas empaquetadas. Por eso y no obstante mi edad, mi alma sigue tan oscura como cuando tenía veinte años; soy un espíritu gótico, vampírico y fudamentalmente satánico.

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