Vampiresa mía.

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Adoro encontrarte en la cama como anoche, sentada en el borde, con ese corsé y ese liguero negro bordado que acentúa la sensualidad de tu figura; medias de humo que inundan de tus muslos y una piel de leche que se precipita a lo profundo del manantial de tu cuerpo, a través de las voluptuosas curvas de tus senos. Los hombros y cuello desnudos me invitan a besarte, pero me resisto. Prefiero admirarte, grabarte en la memoria y llegar hasta ti con dos copas de vino tinto. Decidamos juntos lo que haremos esta noche y si hemos de traer a otros.

En señal de aprobación, tus afilados colmillos hacen rechinar el vidrio de la copa. Casi pensé que la romperías, pero sólo te reíste, mirándome con aquellos ojos profundos. Mi vampiresa, ¿quieres una jóvenes tiernas esta noche? ¿Las quieres para desangrarlas? ¿Para torturarlas? ¿O prefieres unos chicos inexpertos a los cuales sorprender mientras enloquecen por penetrarme? ¿Dejarás que lo hagan? ¿Lo quieres? Y si es así, ¿esperarás a que alcance el orgasmo para luego asaltarlos por la espalda?

La última noche creí que habrías matado a tu víctima, pero ella se retiró a la mañana con la mirada perdida, como en trance, aún sujetándose las muñecas amoratadas, tratando de arreglarse el cabello revuelto y ocultando el maquillaje corrido. Estaba muerta por dentro, pero su cuerpo aún estremecía de placer. Por entre sus piernas, aún se olfateaba la sangre seca de la dilatación de su vagina. Todavía la recuerdo, abierta de piernas y brazos, encadenada, pero con un entusiasmo que la hacía devorarte en cada beso; sumergía tu barbilla, paseaba la lengua con locura por todo tu rostro para luego introducírtela en la boca y mientras tanto, tú la chupabas con intensidad. Sólo alcanzó a gemir cuando le introduje la pera y siguió gimiendo y chillando mientras la abría, vuelta tras vuelta del mecanismo. No puedo creer la forma en que lo gozaba; pedía más, estaba hipnotizada por tu hechizo.

Dime, ¿tienes hambre? ¿estás aburrida? O prefieres descansar esta noche e ir al teatro, o a la ópera, ocultando tu atuendo bajo finas pieles. ¿Qué quieres vampiresa? ¿Qué es lo que deseas? Ten otra copa de vino y recordemos aquella otra que insistente, pedía más dolor, mientras yo gozaba sobre ella y tu drenabas su cuello abierto. Sabes, me habló esta mañana y sólo me dijo que te desea, que está loca por ti. ¿Cuál es ese hechizo que te hace suprimir la voluntad de tus víctimas? Aún tengo que lidiar con esos jovencitos que has convertido en hombres.

Vamos arriba por lo pronto, admiremos la noche en el penthouse, así como yo admiro tu cuerpo y que el horizonte nos ofrezca sus dones. Tienes razón, nos hemos alimentado bien. Vayamos mejor a ese club nocturno para tener sexo en alguno de cuartos. Quiero sentir las pistas del DJ, las luces, los vapores de CO2 y la multitud circundante que nos oprime cada vez más. La última vez, te penetré de espaldas a la pared mientras la muchedumbre nos resguardaba y los pocos que se percataron quisieron unirse. Al final, tuvimos una noche de orgía que terminó dos días después en un cuarto de hotel. Al final como siempre, estábamos solos. Nadie se percató de la ausencia de los otros.

–Quiero usar el potro y estirarte. Quiero conseguir una erección como la del otro día. Quiero hundirte las uñas en el pecho mientras te monto y terminar comiendo de tu cuello.

–Que así sea, vampiresa mía –le dije y le ofrecí mi mano. Ella la aceptó y juntos descendimos al sótano de la casa, donde nos recibieron nuestros juguetes y en medio de todos, el potro.

Terminé el vino, dejé la copa en una repisa para quitarme la ropa y me recosté. Ella se sirvió un poco más de tinto, para luego de asegurar mis ataduras. La manivela comenzó a girar. Mis músculos dolían. Me ardían las articulaciones, luego ella derramó su copa en mi piel y comenzó a lamerme.

Yo sólo podía cerrar los ojos y resistir. Un giro más y luego otro, mis miembros saltaron, pero tuve una erección como ninguna otra. Ella comenzó a beber de mí, para luego trepar e introducirme en ella. No podría describir la delicia de su balanceo, ni tampoco sus gritos; eran hondos, profundos, una oquedad excitante y melodiosa. Dije su nombre una vez, pero ella no pareció notarlo; era la locura misma encarnada, vestida con un corsé de encaje negro y un liguero que acentuaba la sensualidad de su cuerpo.

…, mi vampiresa.

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