La Danza de la Serpiente

Al descender el sol y nacer las estrellas que iluminan la noche, despierta otra forma de vida. Las sombras se desprenden de sus respectivos cuerpos para recorrer las calles y transformarlas; son cada una, los deseos e impulsos reprimidos, encadenados, esos recuerdos que todos quieren olvidar.

El ruido de la maquinaria diurna de la razón se detiene para dar lugar a la carne y a la sangre. La naturaleza respira un aire inhabitual que hace a los efímeros resguardarse tras el neón. Hay hambre, hay piel, hay dientes y uñas encendidas. Las telarañas brillan con un esplendor que ilumina los huecos de las casas, haciendo que las paredes propaguen una neblina blanca.

Todas las cosas exhudan sombras devenidas en fantasmas y mientras tanto, puedo ver a la oscuridad en su negra cópula iridiscente con la noche de muslos firmes y redondeados. Poco importa quién es el hombre y quién es la mujer. Todos los roles se trastocan ahí, en la hoguera del sol negro, forja que derrite las ataduras; esa que sólo conocen las brujas, los hechiceros y los chamanes. Ha llegado el momento para la danza de la serpiente, cuya trama arroja encantos liberadores, poesía erótica y una cópula violenta.

Abiertas las piernas de la noche, la oscuridad termina penetrándolo todo; derramando a su paso por el cielo, un camino de leche y miel. ¿Quién oprimirá tus senos esta noche? ¿De quién serán esos dedos negros? ¿Quién respirará la luz plateada de tus labios? Permite que esas sombras te posean, súcubos e íncubos, hasta que no quede nada de ti, de tus lazos; hasta que no quieras despertar. Permite que los secretos más íntimos de la lujuria se apoderen de tu cuerpo; que lo despedacen y que duerma durante el día para renacer por la noche.

Hombre, conviértete en mujer y descubre aquello que te está prohibido. Mujer, conviértete en hombre y gusta en penetrar, sabiendo lo que es ser penetrada. Busquen juntos, en la danza de la serpiente, ese camino ascendente y descendente hasta la manzana en plenilunio; fruto de ojos etéreos y carne de plata, apenas cubierta por una escarcha de seda de neblina.

El aullido es el signo de un éxtasis que aparta las nubes y despide sus senos, sus muslos, su vagina, pero también su pene y sus nalgas, su cuerpo entero por la tierra; es la hoguera del sol negro que deja tras de sí, cual estela de orgasmo, un delicado siseo.

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