Muñeca de Porcelana

Muñeca de porcelana, encadenada a mi lecho, atada, sometida y sin embargo, eres tú quien me domina. Tú eres el límite de mis deseos; su consumación. Temo a la oscuridad que me invade luego de penetrarte y al mismo tiempo la deseo. En realidad, yo soy quien se encuentra atado al lecho de tu cuerpo. Me tomas con tu boca. Me oprimes con tus piernas de locura. Elevas mi miembro para luego descender y someterme, ángel caído, con esas ráfagas de fuego provenientes de tu cintura. No puedo tocarte, no puedo verte, no puedo besarte. Ya sólo puedo sentir mi firmeza en tu interior; ascendente. Que la lluvia del tiempo se detenga, ángel caído, y no derrame más sus segundos. Que tus labios se dilaten en una eternidad y sea la muerte el mutuo orgasmo.

Dime cariño, por qué me miras tan fijamente ahora. Aquí, a los pies de esta cama de latón que juntos hicimos estremecer; pareces una esfinge que no consigo desifrar. Cada porción de tu cuerpo es tierra de exhuberantes enigmas y misterios; fantasías que se acrecentan mientras te aproximas con felino balenceo; hambrienta de nuevo. Todo transcurre mientras aguardo amordazado y con las manos atadas a la espalda.

Veo a esos ojos de labios dilatados acercarse, dirigirse hacia mi pene, que de inmediato parece atender a tus preguntas. No puedo sino apoyarme contra la pared y ofrecerte su respuesta. Ya no la buscas en mi cuello, ni en mi boca, tampoco montada sobre mi. Prefieres llevarla directo hacia tu garganta, en tanto recibo la seda de tu saliva y mi corazón palpita en una clave de signos incomprensibles, a los que sólo puedo despedir a gritos.

Al cabo de una noche en que se consumieron tres coitos prologandos de intensos orgasmos, no pude satisfacer tus interrogantes. No pude descifrar tu misterio. Por eso quedo aquí, encerrado, casi desnudo, aunque libre de mis ataduras. Podría huir, pero sólo deseo que el tiempo se deslice como nuestras lenguas apasionadas, para que puedas encadenarme otra vez; para que puedas interrogarme.

Quiero montarte, esfinge. Quiero que vueles sobre mi, ángel caído. Quiero lo profundo de tu boca, mi muñeca de porcelana.

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