Fin

Demasiada sangre, demasiado dolor, demasiada sed y sólo los desiertos crecen en torno. Mis piernas se debilitan, pues he perdido mi manantial, mis dulces campos de trigo silvestre, mi bosque, mis montes y valles agrestes; mis riachuelos e incluso, el crudo invierno. Junto a mi, sólo queda el desierto y un espíritu que siembra desiertos.

Apenas un vago espejismo mitiga mi dolor. De sobra sé que no hay ningún valle fértil a la distancia. No hay nada. No queda ya nada, tan sólo la aridez y el hambre, un ardiente sol y una falta absoluta de vida. No hay ningún sendero, ningún camino, ni siquiera una caverna que pueda convertir en mi tumba.

No puedo ocultarme de ese déspota, soberano absoluto del cielo. ¿Será que mi propio océano se ha secado al fin? Tantos que en él abrevaron. Tantos que se saciaron hasta hartarse y yo creyéndolo tan vasto. ¿Será entonces que este desierto es lo que queda de mí? ¿Acaso estas arenas son mi propio cuerpo convertido en ceniza? Es verdad, el desierto es el fondo de un gran mar evaporado.

No hay noche, no hay luna, ni aire que respirar. Tan sólo queda un feroz aliento que arrastra las dunas hasta mis pulmones. Todo muere lento, como ese mismo temblor del paisaje. Soy un fantasma, pero no un espectro, pues lo que fui alguna vez no será recuerdo, aunque habite la totalidad. Tampoco seré un fragante aroma, ni una peste, nada que conmueva o haga latir el corazón.

Al final, sólo quedarán mis huesos convertidos en las arenas del desierto.

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