Arakne (fragmento)

 

Tiemblo al sentir tus piernas envolverme como a un insecto que sigue el eco ominoso de tus quejidos.

Dioses, aún puedo recordar el modo en que todo comenzó…,

Divagaba sin rumbo por una tarde carmesí, perdido entre los deberes que luego de tantos años, van consumiendo la carne y la sangre en una muerte lenta aunque indolora. El gran insecto se distingue de las arañas por alimentarse de sus zánganos, ignorantes de la esclavitud en la que habitan.

A diario los sonidos quejumbrosos pueblan el nido, junto con los aromas de la moda, las tendencias y las revoluciones tecnológicas. Los cambios, cual feromonas, siembran una necesidad que hace a los zánganos trabajar hasta la muerte.

A cada instante, ellos se creen libres, debatiéndose en una lucha por alcanzar lo que no son y así la vida se les escapa; gota tras gota de la billetera en que se ha convertido. Se trata de un complejo ritual para alimentar al gran insecto.

Así fue como aquella mañana, yo mismo abrí mis alas para incorporarme al ritmo mecánico de la colmena y todo fue igual hasta la tarde, cuando una luz atrajo mi atención; era una joven de piel blanca y ojos oscuros, con el cabello negro y los labios del mismo color; figura de afilados dientes, vestida con una blusa blanca de holanes, una minifalda de tirantes y pequeños botines de largo tacón que remataban sus piernas de telaraña. La figura me aguardó, atrayéndome con su sonrisa.

“Ven”, creí escuchar y mis pasos se aceleraron junto con los latidos de mi pecho.

Aquellas manos delgadas y de largas uñas negras, acariciaron el relieve de sus caderas, entregándome una vista fugaz de su cintura. Casi podía escuchar un susurro proveniente de aquellas trenzas que divagaban a lo largo de la frágil espalda, pero en ese instante, su figura discurrió a la derecha e ingresó por un oscuro callejón que ocupaba el espacio entre dos altos edificios.

Aceleré el paso y me precipité por el callejón, pero sólo para topármela de frente. En ese momento, sentí sus filosas uñas hundirse sobre mi pecho.

–Siempre me ves y nunca vienes –la escuché decir, al tiempo que contraía los dedos, llevándose algo consigo.

–¿Quién eres? –le dije.

–Soy tu muerte.

–¿Cómo?

–Soy la araña y tengo hambre –respondió, para luego volverse y avanzar hasta el fondo del callejón, ante unos escalones y una puerta de madera derruida. Aquel era un acceso casi invisible, al que sólo una mirada perdida habría podido apreciar desde la intersección.

La joven se detuvo, abrió la puerta y se volvió a mirarme.

–¿Quieres? –pronunció con un rostro de placer perverso mientras me acercaba–, ¿quieres alimentarme o prefieres alimentar al gran insecto?

–¿Cuántos años tienes?

–Que importa, esas son las ideas del bicho.

–¿En verdad?

–En verdad lo son. Dime, ¿quieres ser mi alimento?

–Vamos –dije al llegar a su lado y tras una última sonrisa, abrió la puerta con un firme impulso que despidió un sonoro quejido, permitiéndome el acceso luego de que ella quitara la llave y avanzara hasta una vieja escalera de madera.

Rápidamente, cerré la puerta y la seguí, rodeando el primer descanso. Finalmente podía contemplar sus piernas firmes y nalgas redondeadas. Subada, estremecía, algo palpitaba en el fondo de aquella telaraña, cuya luz crepuscular me dispuso ante una cama de latón, un viejo ropero y dos mesas de noche a los costados de la cabecera. La única ventana, sólo permitía una vista de la pared del edificio contiguo.

Entonces ella se liberó de los tirantes, dejó caer su falda y comenzó a desprenderse, uno a uno, de los botones de sus mangas y de su blusa, para luego volverse hacia mí, pero no me veía. Su rostro se dirigió al piso, entregándome en lugar de sus ojos, la vista entra de su cuerpo de cintura estrecha y unos senos redondeados y erectos que sostenían los cortes de la blusa.

Mientras me desnudaba, contemplé sus caderas amplias y poderosas piernas, vestidas aún con los botines y las medias caladas. Luego de deshacerme de los pantalones, me detuvo un mantra siniestro; era una serie de palabras indescifrables pero que súbitamente comenzaron a impulsar mi erección. Entonces la joven dirigió su rostro hacia el techo, extendió sus delgados brazos y me permitió tomarla, entregándome su cuello con un débil gemido.

Apenas la probé y un instinto voraz me hizo apretar aquellas nalgas firmes, oprimiendo su cuerpo entero contra mi. La tomé, alcé y busqué de sus pechos, pero entonces, sus poderosos muslos aprisionaron mi cintura. La escuché gemir, la sentí moverse y con cada pulso, una humedad fragante acarició mi pene, instando a la penetración.

Sin separarnos, rodee el costado de la cama y la tendí sobre las sábanas, liberándome de la  ropa interior. Mi pene ardía, pero algo me detuvo. No podía penetrarla, no aún, no todavía, aunque mi punta alcanzó el umbral de su vagina. Apenas y probé aquella superficie y me detuve para tomar sus senos y morderlos; los oprimí con fuerza, pero entonces, sus muslos me sometieron, obligándome a clavar mis uñas contra su carne y tratar de desprender aquella telaraña.

Chupé de aquellos pezones, mordí su carne y mi pene, como la punta de mi lengua, bebió de su humedad, resistiéndose aún a penetrarla. Aquella era una agua fresca de manantial que arrebataba todas las inhibiciones. Podía sentir como la punta de mi pene la succionaba, libaba, se insertaba delicadamente como hace un colibrí con las flores.

Los tenues gemidos comenzaron a devenir en débiles chillidos. No sé cuando exactamente, pero el mantra se había transportado hasta el interior de mi cabeza. Algo me obligaba a tomar sus nalgas y apretarlas, abrirlas, separarlas con toda mi fuerza, a lo que ella respondió con un fiero anhelo de tragarme. Un ligero impulso de sus muslos bastó en ese momento para que mi pene se hundiera limpiamente como una cuchilla, convirtiendo sus chillidos en un profundo golpe de voz.

Mi pene ahora, quería alcanzar el fondo y parecía estirarse, succionado por aquella vagina junto con todo mi cuerpo que temblaba en un movimiento frenético. No quería terminar nunca y de hecho, no podía por más que penetrara. En su lugar, el semen ardiente se iba acumulando, quemándome por dentro, al tiempo que ella parecía absorber otro tipo de sustancia a través de él.

Mis venas latían como si la sangre les fuera arrebatada. Todo fluía en dirección a mi pene, mientras aquellos muslos me envolvían con una fuerza animal, haciendo estremecer todo mi cuerpo.

Nunca antes había cogido con tanto poder. No entraba y salía, sino que yacíamos plenamente unidos en un mismo, frenético movimiento que no se detenía ni un instante; mi pene se sentía cada vez más firme y mis caderas se movían con una fuerza salvaje. Sin pensarlo, hundí mis uñas en sus nalgas, llevándola hacia mí, en tanto ella hacía lo propio con sus muslos.

La cama estremecía, amenazaba con romperse, pero deseaba más. Supe que mis ojos y mis venas se habían desorbitado. Mi propia aguja me quemaba por dentro. Sentía como las aguas de mi vida fluían por el interior de su vagina, mientras nuestros gritos ensordecían la creciente oscuridad.

La última gota de mi fuerza vital dejó tras de sí un cuerpo sin alma, pero que de alguna manera persistía penetrándola mientras que ella, continuaba disfrutando de mi erección. Luego de unos segundos, el orgasmo liberador me hizo tumbarme sobre ella. Nunca antes había eyaculado tanto y con tan extraordinario poder. Cerré los ojos, mis labios soltaron saliva y ella la recibió en su boca.

Aunque yacía rendido sobre su cuerpo, mis caderas aún me impulsaban mediante una suerte de espasmos involuntarios y la eyaculación no se detenía. Quise tomar una bocana de aire en ese momento, pero entonces ella mordió mi cuello, abriéndolo en un tajo que le permitió alimentarse con mi sangre.

Todo mi cuerpo permanecía rígido, en un acto de rigor mortis que se prolongó por el resto de la noche, mientras que ella devenía en un orgasmo largo y prolongado, chupando mi sangre y mi semen; incluso sus uñas parecían libar de mis fluídos.

Al arribo del nuevo amanecer, mi cuerpo finalmente palideció, reducido a un saco de carne tan flácida como mi pene; era un recuerdo marchito entre sus dientes; un insecto más, en la telaraña.

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