Péndulo

No hay un devenir perpetuo. Antes bien, todo movimiento se detiene, incluso el ir y venir que se precipita y retrocede, giro tras giro, ante su estrella. Ese movimiento no mengua, sino que se aproxima apasionadamente al tiempo que es despedido por el miedo.

Luz que mengua y luz creciente, cara a cara. Una misma noche de madera vieja y vidrio empañado por el vaho de los mutuos quejidos. Nubes de saliva expulsada por los gritos y allí, entre tus piernas, sus labios dilatados me harán presente el rostro de mis errores, la máscara de mis éxitos, el brillo de mis placeres y la oscura faz de mis fracasos. Todos ellos, voraces gritos que habrán de decaer en un hilo de voz reminiscente.

El único anhelo, reside ahora en viajar allende el pobre reflejo de nuestros cuerpos en la ventana; más allá de este vaho tibio en que se consuma nuestro balanceo, hasta alcanzar un ciclo más amplio. Quiero viajar hasta el cenit inaudible de tu vientre, mujer, cuyo eco se propaga en cada rechinido. Incluso allí, donde tu hoguera se desdibuja en una sonrisa.

No quiero perder ahora el viñedo de tus muslos. No quiero separarme de tus senos, ni abandonar las delicias de sus pezones. No quiero dejar de habitar en tu vagina, en tu carne y en tu sangre. Anhelo seguir bebiendo del vino tinto que se derrama de tus piernas y seguir poblándote, hasta que seas mi tumba; una luz en la oscuridad. ¿Y yo? Tan sólo un péndulo, un planeta cautivo del sol negro que se abre con el alba del sexo.

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