Asfixia

Mis pulmones no reciben más el viento de tus besos. Ahí donde mil nombres resuenan ya no estará el mío y sin embargo, tus labios aún laten allende el páramo desierto de la piel; donde las caricias se ahogan y las sombras pintan envejecidas figuras sobre la pared de mi cueva; aroma de tibia humedad, un ardor y el eco de tu boca cual estentórea cadena de pretérito. El viento acicala la siempre fresca yerba del pubis y no obstante, ya sólo te veo dormir, Aurora. No hay recuerdo que habite tras los límites del cementerio.

¿Por qué, entonces, me pusiste aquí? No era mejor llevarme contigo, ¿en tu alimento?, ¿en el viento? Así podría tocarte, ¿o es que deseas morir? ¿Deseas simplemente alejarte al arribo de la presencia hueca, de la des-presencia? No hay lugar donde puedas ocultarte. Aquí todo yace disperso, no queda rastro alguno sobre la obsidiana. Comprendo que otras aguas habrán de derramarse sobre el altar de tus senos hasta cubrir el río de mi memoria; nada conservarás de mí, sólo silencio, frío de muerte.

La asfixia, amor, es el sentido del sin-sentido. Voces áfonas, sonidos átonos, puro anhelo y una aspiración sin resuello. Vana es el hambre que horada el paladar. Aun sin que lo sepas, la espiral de tus vellos sólo me buscará en otra piel, pues yo soy tu sed, Aurora; girasol que sigue al cielo sin temer al sol. ¿Quién pueda decir lo qué se es en realidad? Tan sólo quizá, el devenir perdido, arrojado, tras el ominoso claro del ombligo.

Las entrañas que habrían de nombrarme se detienen. Ya no hay ardor, ni letras, ni el tibio suspiro que tantas e incontables noches se derrama. En su lugar, ese cuerpo tuyo alcanzará su cenit cada vez más frío, hasta el paraje donde las hojas caen a los pies del Sileno. Ineludible será habitar en la raíz de tu lengua. Dime, si aún puedes escucharme, ¿a cuántos más fecundará la tierra con mi carne? ¿A cuántos más acogerá tu vientre? ¿A cuántas y cuántos recibirá tu boca? ¡Oh, esa tumba! ¿Y cuántos morirán tras penetrarte? Mujer, ya no habrá más nada; donde no hay dolor no hay vida…

…y el dolor del cauce también se ha ido.

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