Gaia

Las tumbas lucen inquietas luego de abandonar el sueño. Los cabellos decaen entre la niebla y cubren el rostro; de cada uno, siento desprender la fragancia de la tierra. Blanca piel de oscuros ojos, escúchame, ¡estreméceme! Déjame probar de lo profundo devenido y arrástrame sin promesa alguna de volver. Dame la negra luz de tus ojos y que el vacío del cielo me lleve tras de ti; a buscarte. Ninfa de agua que arrastras mis venas bajo tu corriente, abre tus piernas, al menos una vez.

Ahora cuando la tierra guarda silencio, cuando no hay más ninfas en los bosques, cuando no hay más ardor de carne estremecida por Eros; cuando sólo habita el silencio, anhelo más que nunca tu profundidad. Jamás veré nacer el nuevo día, cuando el hombre y la mujer hagan arder la tierra con sus cuerpos y no obstante, algunos ya lo hacemos; libremente, como el manantial de la lluvia que corre por la espalda; como el pene que se alimenta de tu sangre, de tus muslos, de tu latido.

Tierra, me siento libre como el manantial que se desliza dentro de ti; ansioso de tenderme por tus planicies, por tu valle, por tus cimas, hasta sentir la cúspide erecta de tus pezones silvestres; quiero descender y morderlos, en tanto el viento seduce nuestro frenesí. Estoy harto de camas y hoteles urbanos que sólo dan lugar a un Eros vulgar. Quiero retornar a la experiencia de la libertad del bosque; ahí, donde aún reina Dionysos.

¡A ti te quiero ménade! Te deseo hambrienta, frenética, distante del frío concreto. Te quiero amante, liberada del corsé de la maquinaria pesada. Te quiero una vez más; madre, amante y asesina. Anhelo la corona de las bacantes, devoradoras de hijos, criadoras de cachorros. Te anhelo ourania, como la flor del sol que al despuntar la aurora de rosados dedos, satura mis labios con un alarido. Quiero el chillido de los volcanes en cada uno de tus senos, que se levanten hasta fracturarse y desprender la lava de placer de la tierra virgen. Túmulos de ménades, túmulos de ninfas, cúmulos de sátiros hambrientos por el destino de las flores; todas de rubor fecundadas por el harto frío de la noche.

de este modo, cada campo de flores es una orgía constante y que ahora, sin embargo, pasa de largo a los ojos de la razón; miradas apesadumbradas, miembros entumecidos y cuerpos que se ocultan tras la vestimenta y los cosméticos; máscara tras máscara de un laberinto de razón supresora de instintos; temores in cressendo que sepultan aquelarres; millones de velas que se extinguen sin quemar nada.

Y tú, sin embargo, tu cuerpo, yace en pie; oculto tras el asfalto, el adoquín y el acero; tras los duros cimientos de los rascacielos; allende la incansable opresión civilizatoria, resultado casi irreversible del dominio del miedo.

Advertisements