Seda Negra

Entre mis manos el nudo se oprime, de tu garganta…

Envueltas en la seda negra de tu vestido, mis dedos se oprimen hasta saciarse del que fuera también tu cabello. No puedo pensar sino en ti, mi deseo yaciente entre las sábanas. Eres ofrenda a la que admiro desnudo, en tanto tú, aún vestida, reflejas el plenilunio a través de tu pecho. La luna, tras derramarse en el espejo de tu escote, desciende por la oquedad que devora en las tinieblas el sentido de tu piel. No veo más que una bifurcación exaltada por el busto; senos que se levantan en un capullo; efervescentes crecen y decaen al misterioso ritmo de tu respiración.

No temo perderme entre la gruta de tu destino allende el sendero de la falda; alas de una mariposa negra. Ahí me espera el susurro de tu rosa abierta, húmeda por el rocío de tus fantasías y que llena la atmósfera con la más voraz fragancia; lirio, sándalo y jacinto ahí, en la oscuridad del jardín de tus placeres.

Las botas que envuelven tus tobillos penden en el aire contagiándolo con su brillo ígneo, oscuro, del cual se desprenden en ambas direcciones las telarañas de tus piernas; un calado estrecho y que parece reventar por la firme consistencia de tus muslos, de la entrepierna y hasta la ingle, donde se pierde nuevamente la luz en la oscuridad que la protege.

Luego de penetrar con mi daga, siento tus guantes apretarse contra mi piel. Ahí también están las uñas pero no pueden verse, yacen cubiertas por el secreto de tu dedos amordazados; yemas que despiden el silencio de la noche, enterrados en una tumba tan negra o más que la oscuridad de tierra. Apenas y siento la respiración que despide el cremoso labial de tu boca, cuando siento que mi pene estallará en astillas, fracturando tu interior, haciéndolo sangrar y así descender gota a gota por los escalones del templo hacia una garganta de oscuridad.

No veo espacio, en ese balanceo difuso, para las manecillas del reloj. Yo soy ese, el segundero que se pasea entre las manecillas. ¡¿Hasta cuándo darán las doce?! ¡¿Hasta cuándo se cerrarán?! Cuanto más podré gozar ahí, de tu resuello entre la seda de tu cuerpo y las tinieblas de tu noche. Hasta cuándo se cerrará tu cuello y contemplaré tus ojos partir en distintas direcciones. ¡Dioses, no puedo contener más el alarido! Tengo la necesidad de tenerte, de atraparte, de sujetarte con toda la fuerza que me invade.

Más y más hondo mi pene te aclama. Más y más profundo mis dedos oprimen contra la yugular; y el quejido crece…

…y el aliento de tu labial se apaga.

Como una mortaja, la oscuridad de tus párpados decae, cubre tus ojos. Los labios se abren, el cuello se estira, la nuca estremece contra las sábanas de satín. Algo quieres decir pero no hay nada, sólo el silencio que exhala el orgasmo de tus besos a través del viento y que fluye a través de la ventana.

Mi pene estalla y tus dedos descienden lento… has terminado también, lo sé, pero mis yemas te pierden poco a poco. La noche que se apaga en la madrugada nos hace metáfora. Yo quise retenerte, atraparte y sin embargo te esfumas. Yo como el día y tú como la noche…

…en nuestro lecho de madrugada.

 

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