Lava

Manos ígneas arrojan lava de deseo. Mi pene es la colina de Pompeya, de cuya entraña exhala Eros con la voz de mil Titanes enfurecidos. El cáliz que derrama hace arder la piel y sólo la piedra recuerda el paso que insemina a la Tierra; flujo que hace sucumbir todo aquello que toca; atmósfera tóxica, llena palabras destinales. Todo resulta propiedad del fatum. Nadie más puede alimentar ese fuego. Únicamente el humo se alza como aviso o advertencia de un volcán que espera soñando, añorando y que es temido por aquello mismo que desea… hambriento.

La costa, el cuerpo, aguarda a que los vapores de sulfuro se dispersen por el viento; signos de un pasado que arde en los pulmones. A veces quisiera ser como Krakatoa y no sobrevivir a mi propia erupción; en cambio, ahí permanezco solitario, frío, vacío empero siempre y a cada instante… hambriento.

La erupción más reciente se gestó en el otoño, por entre adoquín de las calles arboladas de una colonia cualquiera. Lentamente, allende los árboles, la oscuridad de la noche y palabra tras palabra semejantes al goteo de la lluvia; esa que termina por filtrarse a través de la ventana; un avance lento, seductor, una lengua que se traslada hasta el seno del pubis. Entonces las placas se agitaron y la presión se acumuló contra el vacío de la cámara magmática que algunos llaman corazón.

Caricia tras caricia, el verano sembró al invierno. A la postre nada volvería a ser igual. Todo quedaría destruido, incluso las tardes de paz que descienden a través de la avenida; las calles por las que discurre el pulso indiferente de centenares de vidas; los rostros comunes, las caricias fugaces, las pasiones, todo ardería como la leña en una sola hoguera, tras la primera noche de hotel.

La explosión dispuso de los restos por distintas direcciones. Todo quedaría destruido en una noche y sólo un mar de soledad magmática expuso la inanición más oscura; frío de invierno y sin embargo una flor, signo de mi doncella; de una naturaleza hambrienta que algún día volverá; signo de mi muerte, bajo el infinito torrente de mi propio semen.

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