Confesiones (I)

Recuerdos de un amanecer de cielo gris. Vivir de noche sin contemplar el crepúsculo. Morir de día sin calentar las negras entrañas. Asfixiar el agudo grito del pecho y negarle su respiración. Vagar hambriento más allá de la incansable marcha de guerras impropias y mientras tanto, el silencioso crepúsculo permanece en la demora. Estar ahí…

Cerrar los ojos sólo para encontrar el abismo agazapado tras los párpados, latente, grano tras grano como un reloj de arena. Y mientras tanto, la reminisencia de incontables noches de tormenta me devoran el pecho.

La tierra cae, se desploma…

La carne y su aroma de pretérito, arde semejante a una lengua insaciable o dedos que son años, ojos que son días, bocas que son horas; devorándome todas, derramándome su aliento de mil historias y mil aromas. Todas me son propias. ¡Todas están ahí! Todas como un alféizar abstracto que se revela entre mis manos; al tocarte, luego de estremecerte, al dejarte partir…

¿Estás ahí?

Sublime oquedad que te trasladas allende el bosque y su menhir, ¿acaso sea demasiado tarde ya? ¿O simplemente huyo, una vez más? Deseo atender por vez primera el recuerdo silencioso del huerto y su cosecha de falaces dientes; aquellos que crecieron alimentándose de mí. Deseo el brillante amanecer que resplandece en tus colmillos y sobre el altar de la propia decadencia. No hay  holocausto sin sacrificio ni grilletes; eslabones que son tu nombre y el mío…

…un sólo nombre.

O tal vez sombra de cera que derrite su locura al paso de esa lengua que es Eros. Letra tras letra de tu murmullo silencioso, ese que me atrae hasta la soledad de tu tumba, lleno de ansia por verter mis letras, por verter mi semen, por devorar lentamente tu errumbre, tu pasado.

Quiero lamer uno a uno tus huesos para volver a tejer una alfombra de carne que los cubra. Anhelo después, bordarla con letras, con perlas, con lágrimas que son también estrellas, para habites mi memoria como la noche eres; como la solitaria luna que se alza en el cielo y a quien entrego mi grito en holocausto.

Sobre tí y gracias a esos misteriosos rayos se alza el altar de la memoria desde las profundidades insonoras del olvido. Una y otra vez, gracias a un solitario  sacrificio.

Diosa de cabellos de trigo brillante…

Diosa de cabellos de noche oscura…

Tú eres el relámpago en el horizonte. Tú eres el veho que esparce mi ceniza. A todos dejo ahora estas letras, allende el sendero del menhir.

1. Partus

La voz y el silencio son una pareja de amantes. Juntos se descubren a través de los sinsabores del beso que me desliza ahí, entre tu cuerpo más frío que el invierno. Tan lleno está de pasado que puede frenar la respiración. Tan lleno de sudor, sin embargo, que de derrirte la humedad de tus piernas llenaría insaciable la saliva que puebla mi lengua.

Mi anhelo es sentir una vez más como el pulso que corre por tus venas; como esa voluntad que desde las manos, conduce el vaivén de tus nalgas. Devenga entonces el eco estremecedor de tus quejidos y el alimento de criaturas misteriosas. Derrítase el frío iceberg y llénese la noche con tu sudor.

¿Qué daremos a luz en ésta vez? Quizá un mar turbulento o un bosque nocturno. Así fue el origen de todo, como un poderoso orgasmo que se extendió formando mil millardos de galaxias y soles. Una tras otra, conforme abrías tu boca y la sonoridad del orgasmo se extendía formando el tiempo y el espacio. Ahí tus brazos, ahí tus piernas, ahí también ese vientre evaporado.

¿Y tus ojos? ¿Y los párpados? ¿Y las puertas del Tártaro? Todo abre y cierra, libera de sus bizagras el entrecejo in cressendo del pubis y finalmente… una dulce gota de deseo.

Y ahora, ante las puertas del Tártaro…

Ante tus piernas…

Anhelo el parto…

…Perséfone.

 

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