Botón de Flor

para Jassibe

Flor naciente de un pretérito estéril en donde las Náyades abrigaron la semilla de esperanza, día tras día, nutriéndola con el icor de sus pechos de lila. Botón de flor naciente ante mis ojos, cresciente lunar cual espectro que llena con su luz el devenir, paso a paso. Así tornóse la claridad en penumbra sobrecogedora. Diecisiete fases de extrema fragancia bastaron para someter la mirada con sus nubarrones de locura. Hondo ardor, ansia de  probarte, espera cruel por la tibia oscuridad de tu gérmen; aquella que guardan tus pétalos y que algún día se entregará, proveniente de las piernas y su manjar; cáliz derramado por el lóbrego vientre de la ninfa.

Ansioso porque su lluvia se derrame, siento la caricia aproximarse a su plenilunio.  El follaje se ilumina ante la presencia de tu boca disuelta en tibia sangre que me llama, que me lleva, que me quema y atrae la punta de mi lengua. El fulgor de una luz difusa, mi hierro, abre lentamente el gineceo de la flor. El cuello ansía penetrar el estigma, abrasar la curvatura del estilo y separarlo, desgarrarlo, doblarlo hasta dejar expuestos sus ovarios.

Fértiles como la tierra se estremecen por el vaho mutuo y mientras tanto, la ola va y viene, acicala lenta y sutilmente, lamiéndote, para luego precipitarse fuerte contra tu útero; llevado siempre hasta lo profundo por la suave caricia de tus filamentos. Los estambres humedecen, los dientes, tu gineceo entero se abre al paso de mi hierro, en tanto mis manos sujetan tus pétalos, tus nalgas, tus cépalos.

Todo creo advertirlo en tanto te veo, Jassibe: advienes como las medias que cubren tu rodilla; devienes como el tímido balanceo de tus muslos; fluyes como el ovario rojo que despide sus granos de higo. Así también creo advertirlo cuando te veo: blanca piel desnuda sobre terciopelo negro; como el gentil roce de tu rodilla; como el resplandor que baña tu sonrisa; como la sutil caricia que coloca mi frente sobre la tuya; como el deseo de un beso, como el sudor de tus labios, como tu quejido y tus dientes se aproximan.

Voz que estremece mi cuna de ladrillo, es la tuya. Ninfa, envuélveme con esos, tus senos. Aquellos eternamente ocultos, tus pezones, dulces como la miel, derramen por entero tu campo sobre el mío. Así te deseo, botón de flor, mientras te veo crecer con mi erección. Desnudos los dos, ésta te aguarda para murmurarte: la mayor delicia fue ese primer beso contra tu mejilla, tan cercano a tu comisura, como ahora lo estoy de tí; del dulce sabor de tu vagina.

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