Ángel

Alas que se evaporan como un pasado distante. Una silueta que deviene semejante a la fugaz presencia del otoño; aliento frío de invierno. Demonio dormido tras el gérmen de ladrillo. La leche aún no termina de alimentar la mandrágora y ya tu cuerpo la derrama como al sendero de tus placeres; aquellos que van y vienen al azar, sin recuerdo; esos que ahora yacen calmos tras la oscuridad de tu pupila. Querida, quizá puedas liberarlos por un día más, para que fluyan allende el rímel de tus ojos, como la dulce miel de tu vagina.

Ángel, adoro la succión de tu voz sobre mi cuerpo. Así, a la distancia, cuando el torbellino de las hojas descubre un punto más allá del cotidiano rubor de tus piernas. ¿Quién esculpio tus muslos, querida? Quizás fuera un escultor o un artesano. No importa, quien haya podido moldearlos a su capricho, me entregó dos poemas que mi lengua disfruta en pronunciar. ¿Y tu rostro, Ángel? Tal vez un pintor lo dibujó en suave papiro, ofreciéndole a tus labios el rubor de alguna ninfa perdida en la memoria. Lo cierto es que jamás se imaginó, mi manera de devorarte. Ahí como estás ahora, oculta, entre las sombras del sueño.

Silueta de seda blanca, inerte, acicalada por el frío; lengua que arrebata el fulgor de tu pecho, como al sudor de la ventana. Allí hay otras palabras, voces sueltas y que ahora, pudieran hacerte despertar. Un aliento distinto de éste que pretende esculpir en tu interior; talla de relieves sueltos y siluetas danzantes, trazos que descienden por tus muslos para darles un aspecto de corteza. ¿Cuál será tu pigmento favorito? No lo sé, pero ascenderé en su busca. Voy a tallar hasta  derretirte en un grito y poder encerrarte en una botella; pajarito presa de una jaula de cristal, donde quizás puedas abrir tus ojos al fin.

Ángel, escúchame, yo soy tu demonio liberador, súcubo e incubó, ardiente orgasmo. Yo soy la sombra de tu cuerpo, el impulso de tu sangre; soy el germen oculto en tu respiración. Asimismo la enredadera que se hunde por tus muslos, sometiéndolos a tierra; enraizándolos como un mismo falo creciente. Ángel, juntos construimos un mismo relieve carmesí;  camino arriba y abajo, opuestos convergentes de una trama sin nombre; una tensión pero también, una  melodía compuesta por infinitas voces de pretérito; amantes pretéritos, incógnitos, que alimenta palmo a palmo tu quejido.

Ahora libérate Ángel, flor marchita, y elévate. Abre tus pétalos al sol oscuro. ¡Ábrete! Abre las puertas del Día y de la Noche. Un nuevo amanecer al amanecer del tercer día; incógnito recuerdo futuro que es, una breve impresión estremecedora. Despierta, que luego yo seré el Ángel y tú el demonio. Yo seré la imagen y tú la sombra. Y tú me penetrarás al momento de mi muerte, guiada por ese mismo camino que nos une; viajarás por entre mis piernas, comerás de mi carne, beberás de mi y pronunciarás la palabra derretida de mi nombre. La extraerás de mí con el grito, fiero orgasmo, para desaparecer en el olvido.

Ángel, tal vez aún no lo sepas, pero una mano incógnita nos moldea a su capricho. Yo sólo he podido ver el giro del torno, el nido del coito y nada más. Tan sólo he podido sentir el aroma de aroma del barro; ese que despide el batir de tus alas moribundas. Ahora mi amor, ¡levántate! ¡Libérate! Abre tus alas negras, sombra sedienta que pronto llegará el día en que me liberarás. No somos ni luz ni sombra, tan sólo un orgasmo, un mismo tatuaje, una imagen o fugaz caricia que se repetirá eternamente; como ahora…,

…, en la oscuridad de tu presente.

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