Fanes

¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –pregunto y emerge el estremecimiento. Miro entorno y siento… aquello. Los pétalos abren, como también la tierra o el pico de la paloma, los párpados o los oídos; las extremidades entumecidas por el frío. Todo abre y cierra, como también la palabra y la escritura. Abren y cierran, como un latido en el pecho que son y sólo eso…

Los hijos se desprenden del útero y las lágrimas cáen por el rabillo del ojo, como también, la saliva y el sudor. La piel cáe de los huesos como la ceniza. Todo abre. Todo cierra. Todo huye y recorre los senderos de la paloma y del mirto. La Doncella admira una cuenta roja de granada o piedra preciosa que se desprende de su palma; como el alimento, como los genitales de una flor. Así también el amante abre para (re)unirse, como también los hijos de los padres o la sombra hace con el día; como las copas y las raíces de los árboles; como los dedos o el cabello; como las estrellas en su infinito recorrido en torno al vórtice, al agujero negro. Todo se separa y al hacerlo se reúne allende las más aterradoras visiones.

La voz del silencio se extiende para arrancar de éste las nebulosas y las galaxias. Así las nubes también se separan y al extenderse por el cielo descubren el infinito espacio. Así entonces, un velo cáe sobre los ojos y el mystés abre alejándose. ¿Acaso niega las raíces que lo sostienen en su alejamiento? Entre más se niega, más y más profundo éstas se derraman dentro de su boca; dentro de la tierra. Más y más fuerte lo sostienen, como los cortes, como las navajas que penetran la dura capa de basalto en busca de la piedra preciosa; como la verja o el portal que separan del sonido del rayo; como las visagras que unen a éstas con resto de la casa; también como un beso o la serpiente que repta por el suelo dispuesta a morder tu calcañar.

Alêtheia, Lethè, piel de seda que se extiende como los músculos, como la epidermis, como el éter. Aceite de escencias derretidas que cubren la lengua y disponen el baño que lame tu sudor, arrancándolo de la piel. Lejana de su recorrido, la gota se adhiere contra la  fantasía del muérdago y del olivo; campos de trigo que ceden ante la caricia el viento; brillantes cabellos que son… de los cementerios. “Hieros odós”, via sacra en torno a Eleusis, donde los mystès, al alejarse, unen sus manos enardecidas con las antorchas de las Lámpades; buscan hambrientos el sendero; ese mismo que son ellos: como estrellas en torno al vórtice de la galaxia o el anillo estelar de las bodas que tienen su lugar en el Tártaro.

O los anillos del árbol, del arrecife, de la piedra o de la tierra… capa tras capa, beso tras beso, coito tras coito; lenguas sedientas que lamen; manos que someten, manos que sujetan, dedos que se untan a la pluma y se trasladan hasta el papel. Todos quedan así grabados en su impropiedad; como los senos que habitan en torno al ombligo; como las piernas en torno al orificio silencioso del niño; como la serpiente que repta para volver al huevo.

Fanes, Eros, plantas, animales, piedras, todos comen de su yema. Ellos y nosotros mismos como la yema. Entonces… ¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –me pregunto y entonces emerge la voz el Sileno: “Raza efímera y miserable, hija del azar y del dolor. Por qué me fuerzas a revelarte aquello que más te valiera no conocer… aquello es ser nada… ser la nada misma… ser propiamente nada y morir pronto”.

 

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