Deseos

Tengo hambre y deseos de enterrarte entre las arenas de mi carne. Anhelo el instante en que se hunda la pala de mis ansias para extraer tu mortaja y vestirla con el aroma de la saliva. Deseo arrancártela, mujer, a pedazos con mis dientes y que nuestros nudillos se aprieten. Deseo el sonido quejumbroso de tus piernas, que la madera se quiebre y sus goznes lloren; hasta la jugosa punta de tu lengua. Es de tí eso, lo primero que bebo y mi goce recibe de sus gotas el néctar que alimenta la sed de un asesino.

Tú me liberaste y yo hice lo mismo contigo: arranqué una a una las agujas de tu dolor; aquellas que te penetraban noche tras noche y día tras día. Suturé tu piel con el extraño sabor de la acacia y el litio, a veces con el ajenjo; otras más, con el semen de tus amantes de heroína. ¿Cuántas lágrimas de alcohol, querida? ¿Cuántas sonrisas de ácido lisérgico? ¿Cuántas? ¡¿Cuántas fueron tus lunas de youmbina?! ¿Cuántos hijos perdió tu vientre? Tanto sufrieron tus brazos que ni el periódico del mediodía pudo oscurecer el rastro de su regocijo. Vivías una frenética agonía y mientras tanto, yo sólo quería matarte, vida mía.

Ahora la obra termina, el telón desciende luego de 28 días. Ya puedo devorarte, luna nueva, niña de naftalina. El caldero de tu vientre arde en orgía. Silvestre como es, se llena de flores, mariposas y también por las moscas que crecen de tus huesos como las hortigas. Niña mía, finalmente eres una santa en la tierra bendita de tu sepulcro. Ahí donde millones descienden para adorarte, para devorarte y yo seré el último. Ya no puedo modelar tu cuerpo en arcilla, empero y antes que te evapores, habré de hacerte mía.

Que alimento tan fresco es la tierna hoja de laurel que derrama el cielo. Mi deseo es chuparla hasta que envejesca. Quiero succionar con un ritmo quedo, compás a medio tiempo pero que te devuelva en grumos de tormenta. No pude ser un buen padre, tampoco un buen amante, pero seré el jardinero de tu vientre hasta saturarlo de lirios salvajes. Me basta para ello sostener esta punta con mis labios y escuchar de nueva cuenta tu quejido; su eco, como el manantial de mil ríos que acompaña la semilla de tus pezones; un tímido beso y las hojas crujientes se convertirán en flores.

Así como ahora tus piernas: ramas silvestres, raíces o colúmnas de algún jónico templo, de cuyas bases ascenderán las enredaderas. Eloísa, ¿dónde está tu espalda? No la reconozco, sólo puedo sentir un manglar que enebra mis extremidades. ¿Y tus manos? ¿En dónde está la yema de tus dedos? ¿En dónde están las uñas? ¿En dónde dime… está tu corazón? Sólo hay ramas, sólo arbustos, sólo acacia, sólo dolor que se evapora tras la tormenta y te devuelve como niebla. Tales son los vapores con los que viajas hasta mi alcoba que puedo verte, hora tras hora y con el andar de tus brazos de serpiente que se ocultan de la aurora. ¿Dime, querida, en dónde estás?

¿Eloísa, cuál es la naturaleza de aquellos seres? Quiénes son los que aúllan al tocarte, al lamerte y por qué la luna, al elevarse por sobre los matorrales de tus palabras perdidas, arroja un nuevo vigor a la noche. El placer de tu cintura resplandece con el cauce del río. Enormes y fuertes alas se extienden a tus espaldas.  La sombra de tus pupilas acentúa la oscuridad de tus ojos de humo. Tu sóla presencia basta para liberar las entrañas con un grito: ¡es la hiedra! El cuerpo entero, el deseo extático deslumbra como el millón de ojos que cáen a tus pies delante de mi tumba. Cáen para luego ascender por la senda de los tobillos y  mecerse en la cuna de tus piernas bañadas por el rocío; vientre suave y un pubis que produce escalofrío.

Entonces, el masculleo emerge de tu rostro, rompe el espacio y la sonrisa despliega el brillo difuso de tus incisivos afilados.

–¿Quiéres mi falo? –me dices–, si no puedes verlo es porque no lo deseas.

Extraños vórtices de viento se forman a tu alrededor, someras luces que esplenden y desaparecen, haciendo saltar las gotas de sudor. Un temblor me paraliza: es el aroma a néctar de tu vagina.

–Yo soy tu deseo.

Al decirlo, los labios se abrieron para devorarme. Las alas me envolvieron con sus plumas bañadas en sangre. Largas y afiladas uñas cayeron sobre mi pecho y absorbieron mis pasiones como lo haría un colibrí; a través de los surcos por los que toman su curso las infinitas esperanzas. El pene, endurecido en ardorosa búsqueda de aquella guarida tibia y silenciosa, paraliza al caer sobre mi rostro el aliento frío de tu recuerdo. No hay lugar a dónde ir, ni deseo alguno que reprima las ansias de penetrarte. Sólo deseo que tus alas me opriman contra tus pechos y en un instante, puedan tus manos abrir  mi garganta.

–Penétrame –suplico al segundo en que mi lengua acoge tus pezones con desesperación.

Dos falos parecen enredárse haciendo un nudo que estrangula mi respiración. Luego se hunden y la carne exhala un poderoso vaho de plata que hace manar nueva sangre para beberla gota tras gota. Eloísa, has caer tus alas en torno mío, permíteme apoderarme de tu ano. Eloísa, flota contra mi pecho, de espaldas, así…  con los senos envueltos por las nubes del cementerio. Eloísa, permite que mi semen ascienda y descienda dentro de tí. Antes de morder tu cuello, deja que mis manos opriman tus pezones erectos.

Un gemido profundo estremeció la atmósfera y las paredes de la cámara mortuoria, justo cuando tus manos cayeron contra las mías. El pene parecía ensancharse, la vagina se volvía más y más estrecha. Sólo un agudo y prolongado grito de dolor hizo anunció de la explosión. Violentas sacudidas se sucedían incontrolables una tras otra y hasta socavar la guarida de los ángeles que la rodeaban. El semen caía de sus dientes, empero el miembro no palideció, ni tampoco su deseo. Los dedos se hundieron, la lengua ascendió y lamió. La otra mano descendió para recoger la semilla.

–Yo soy tu deseo –escuché directo al oído y el cielo ardió con terrible fulgor, justo cuando cuando sus primeros rayos cayeron sobre la sepultura y cubrieron los huesos de la amante moribunda con telarañas profusas.

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1 thought on “Deseos

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